El Síndrome del Impostor Llama Suerte a Tus Logros

Sentirte un fraude tras un logro parece honestidad sobre tus límites. A menudo es un error de contabilidad. Cómo funciona el síndrome del impostor y qué ayuda.

NoOneToTalk·oct. 13, 2026·8 min read
El Síndrome del Impostor Llama Suerte a Tus Logros

Jueves, las siete menos veinte de la tarde, en el autobús de vuelta a casa. El móvil se ilumina con un correo de tu jefa: «El cliente ha firmado. Ha sido gracias a tu presentación. Gracias».

Lo lees dos veces. Dos paradas después ya has contestado «¡Gracias! Ha sido trabajo de equipo» y en tu cabeza ha empezado una lista: la diapositiva que terminaste a medianoche y el compañero que te mandó las cifras el lunes. Cuando te bajas, la historia ya está reescrita. El cliente firmó por las cifras y por el buen ambiente en la sala. Tú solo tenías el mando en la mano.

Debajo queda una convicción silenciosa que se parece a la honestidad. Me sobrevaloran, y algún día alguien se dará cuenta. Llamarlo modestia parece más seguro. El nombre popular es síndrome del impostor, aunque no es un diagnóstico. Lo que sigue es información general sobre una experiencia común. No diagnostica nada y no sustituye a un médico ni a un profesional de la salud mental.

Un contable que apunta cada logro en la cuenta de la suerte

Imagina un contable pequeño y muy aplicado en una oficina al fondo de tu mente. Todo lo que pasa en el trabajo cruza su mesa y acaba en un libro de cuentas. Los errores son fáciles de apuntar: directos a la columna Pruebas. Los logros tardan más. El contable los mira a contraluz, frunce el ceño y los guarda en otro sitio. Suerte. Ayuda de otros. Fueron amables. Nadie lo comprobó bien.

Las psicólogas Pauline Rose Clance y Suzanne Imes describieron esta contabilidad en 1978, en el artículo que dio nombre al fenómeno del impostor. Durante cinco años habían trabajado con más de 150 mujeres de alto rendimiento: estudiantes con notas excelentes, mujeres con doctorado, profesionales respetadas. Nada de eso cambiaba lo que pensaban de sí mismas. Las estudiantes de posgrado atribuían sus notas a la suerte o a un error de corrección. Una profesora les dijo a las autoras: «Hubo algún error en el proceso de selección». Una directora de departamento decía ocupar el puesto porque habían sobrestimado sus capacidades.

Aquella primera muestra estaba formada sobre todo por mujeres blancas de clase media y media alta, y las autoras lo dicen.

Si la voz del contable te suena, es pariente cercana del crítico interior. El crítico comenta todo lo que haces. El contable tiene un encargo más estrecho: asegurarse de que nada bueno se abone nunca en tu cuenta.

Por qué más éxito nunca salda la cuenta

El remedio obvio serían más pruebas. Conseguir el ascenso, terminar el doctorado, cerrar el próximo cliente, y las cuentas deberían cuadrar. Clance e Imes vieron otra cosa. Sus clientas tenían miedo de que las descubrieran, así que trabajaban muchísimo. El esfuerzo traía buenos resultados y aprobación, y luego un alivio breve. Entonces el éxito se apuntaba en la cuenta del esfuerzo, una cualidad pasajera, y la siguiente tarea traía el mismo miedo. Las autoras describen el ciclo como algo que se refuerza solo, con un alivio que dura poco porque la sensación de ser un fraude sigue intacta.

La diapositiva de medianoche, entonces, forma parte del truco. Cada noche larga que sale bien se convierte en otra prueba de que solo te salvas cuando te preparas el doble, y el resultado va a la cuenta de otra persona. Si tu valor ya se apoya en lo que produces, reconocerás la trampa de la que hablamos en el artículo sobre una autoestima que no se gana.

¿Hasta qué punto es común? Nadie lo sabe con precisión. Una revisión sistemática de 2020 en el Journal of General Internal Medicine, dirigida por Dena Bravata, reunió 62 estudios con 14.161 participantes. Según el cuestionario y el punto de corte, entre el 9% y el 82% de los participantes refería sentimientos de impostor. Un rango tan amplio dice mucho de lo difícil que es medirlo. La revisión encontró estos sentimientos en hombres y mujeres, con tasas especialmente altas en minorías étnicas. A menudo aparecían junto a la depresión y la ansiedad, y se asociaban con el burnout. Son asociaciones, así que no dicen qué viene primero.

Hay otra cosa que el libro de cuentas esconde. En cuatro estudios publicados en 2022 en el Academy of Management Journal, Basima Tewfik, del MIT Sloan, estudió lo que llama pensamientos de impostor en el trabajo, la creencia de que los demás sobrestiman tu competencia. En uno de ellos, los médicos en formación que tenían esos pensamientos con más frecuencia recibieron de los pacientes mejores valoraciones de empatía y de escucha. En sus estudios, esto no iba en detrimento del rendimiento. Esos mismos pensamientos bajaban la autoestima, y ella misma dice que hay maneras mejores de aprender a tratar con la gente. Para el contable, sin embargo, el dato importa: en sus muestras, quienes se sentían un fraude no rendían peor que los demás.

Esa sensación es un instrumento de medida mal calibrado.

Dónde termina esta sensación y empieza otra cosa

Hoy la etiqueta se pega a casi cualquier incomodidad. La psicóloga clínica Bianca Denny, de Melbourne, en un artículo en The Guardian, separa los nervios normales (un trabajo nuevo, una primera cita) de los sentimientos de impostor. Reserva el término para la duda sobre la propia capacidad y sobre si mereces tu éxito, construida sobre una comparación injusta. Un futbolista aficionado que se siente inferior a los profesionales está leyendo bien la realidad.

El entorno en el que trabajas también cuenta. Si eres la primera persona de tu familia en llegar a un trabajo así, o la única mujer en la mesa, la duda puede alimentarse de señales reales: a quién se interrumpe, de quién se recuerdan los errores durante años. Revisar tus propias cuentas ayuda. También es justo darse cuenta cuando es otra persona la que añade apuntes en la columna Pruebas, y hablarlo con gente de confianza.

Cómo hacer la auditoría

Al contable no lo puedes despedir. Puedes empezar a revisar sus apuntes. El síndrome del impostor no es un diagnóstico clínico y, como recuerda Denny, no existe un tratamiento estandarizado. La revisión de Bravata no encontró ningún estudio publicado que probara uno. Los pasos que siguen vienen de la literatura clínica sobre el tema. Son hábitos razonables, sin un ensayo detrás.

Haz tú el apunte, el mismo día. Cuando algo salga bien, escribe dos líneas en una nota del móvil: qué pasó y qué hiciste tú que marcó la diferencia. Deja fuera lo que hicieron los demás, de eso ya se encarga el contable. «El cliente ha firmado. Rehíce la diapositiva de precios después de su pregunta del lunes». Dentro de unos meses, esa nota es una prueba que el contable no ha podido reescribir.

Di gracias, y para ahí. Clance e Imes notaron lo hábiles que eran sus clientas para anular cualquier comentario positivo. Proponían practicar lo contrario: escuchar, dejar entrar el elogio y sacarle todo el alimento posible. En la práctica: «Gracias, me alegro de que haya funcionado», sin la lista de quién ayudó. Si un compañero merece reconocimiento, díselo directamente en otro mensaje.

Cuéntale el secreto a una persona. En los grupos que dirigían Clance e Imes, cuando una mujer admitía que se sentía un fraude, las demás lo admitían también, aliviadas de no estar solas. Basta con una amiga o un compañero de confianza. Pregunta «¿Alguna vez has sentido que llegaste aquí por error?» en lugar de «¿De verdad estuvo bien mi presentación?». La primera pregunta abre los libros. La segunda pide que te tranquilicen, algo que según Denny da un alivio pasajero y hace poco por las causas de fondo. Necesitar que los demás confirmen tu valor una y otra vez es el patrón que describimos en el artículo sobre la autoestima que necesita público.

Haz un pequeño experimento con las horas extra. Elige una tarea de este mes y prepárala a un nivel normal, sin la hora de más a medianoche. Luego mira qué pasó. Si salió bien, ese apunte es tuyo, porque falta la excusa de siempre.

Cuándo pedir más ayuda

Una oleada de dudas en un puesto nuevo es la incomodidad normal de la que habla Denny. Habla con tu médico de cabecera o con un psicólogo si esa sensación ha empezado a decidir por ti: sigues rechazando ascensos o proyectos, o llevas meses trabajando por las noches y los fines de semana para que nadie te descubra. Lo mismo si notas un ánimo bajo que no se va, ansiedad constante o el agotamiento descrito en las cinco etapas del burnout. La revisión de Bravata encontró que los sentimientos de impostor suelen ir de la mano de la depresión y la ansiedad, y ambas tienen tratamiento. Si por fuera todo parece bien y por dentro sientes un vacío, lee sobre la depresión de alto funcionamiento. Si tienes pensamientos de hacerte daño, contacta ahora con los servicios de emergencia o de crisis de tu zona.

Puede ser más fácil contar el secreto por primera vez a alguien que nunca ha visto tu currículum y no conoce a tu jefa. NoOneToTalk ofrece escucha anónima entre iguales, un lugar para decir «todos creen que se me da bien y yo creo que los he engañado» sin que te evalúen. Es un lugar para hablar. No es terapia y no es un tratamiento médico.

De vuelta en el autobús, el correo sigue abierto. Antes de responder, escribe las dos líneas: el cliente ha firmado, y tú rehiciste la diapositiva de precios después de la pregunta del lunes. Luego contesta a tu jefa con pocas palabras. «Gracias, Marta. Me alegro de que saliera bien».

Ese apunte es tuyo.

Si tú o alguien que conoces está en crisis, busca ayuda. Directorio internacional: findahelpline.com.

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