Martes, las siete menos diez. Estás en la cola de la caja del súper con la cesta en el brazo: pasta, lavavajillas, una bolsa de mandarinas. La caja pita para la persona de delante. Entonces, de la nada, el corazón empieza a golpear como si hubieras subido cuatro pisos de escaleras corriendo. Te hormiguean los dedos. Los fluorescentes parecen demasiado fuertes, y la cola se ve un poco lejos, como si la estuvieras mirando en una pantalla.
Llega un pensamiento, rapidísimo y seguro. Me voy a desplomar aquí. Estoy perdiendo la cabeza, delante de todo el mundo.
Dejas la cesta en el suelo junto a los guisantes congelados y sales al aparcamiento. Te sientas en el murete al lado de los carros, con las manos apretadas sobre las rodillas. Unos doce minutos después, se pasa. Te quedas sin fuerzas y con algo de vergüenza. Vuelves a casa sin la pasta, y no se lo cuentas a nadie.
Este artículo habla de ese momento y del miedo que deja detrás. Es información general. No es un diagnóstico y no sustituye al médico. Si ahora mismo tienes dolor en el pecho, ve directamente a la tercera parte.
La alarma de un coche en una calle tranquila
Hay alarmas de coche tan sensibles que saltan por casi nada. Pasa una moto demasiado cerca. Un gato se sube al capó. Un camión hace temblar la calle a las tres de la madrugada. La alarma no tiene forma de medir el tamaño de la amenaza. Chilla a todo volumen cada vez, los intermitentes parpadean y se despierta toda la calle.
El ruido es completamente real. Se oye desde un cuarto piso. Lo que falta es el ladrón.
Un ataque de pánico funciona de forma parecida. El cuerpo tiene un sistema de alarma para el peligro, el que te prepara para luchar o huir: el corazón se acelera, la respiración se vuelve más rápida, sudas. En un ataque de pánico ese sistema se dispara a todo volumen sin ningún peligro en la habitación, o por un detonante pequeño, un pensamiento, un sitio lleno de gente, una sensación en tu propio pecho. El psiquiatra brasileño Álvaro Cabral Araújo, entrevistado por Folha de S.Paulo, lo describe como la activación de las estructuras del cerebro que detectan amenazas, que producen las reacciones físicas con las que nos preparamos para el peligro.
Así que la sensación de perder el control pertenece a la alarma. Te dice lo fuerte que suena la sirena. Sobre si alguien está forzando de verdad la puerta, no te dice nada.
Por qué parece el final
Parte de lo que hace que el pánico asuste tanto es lo físico que es. La página del servicio público de salud inglés (NHS) sobre el trastorno de pánico enumera, entre otros síntomas, el corazón acelerado, el dolor en el pecho, la falta de aire, la sensación de ahogo, el hormigueo, una sensación de terror o de muerte, y la sensación de no estar conectado con tu propio cuerpo. La organización británica de salud mental Mind nombra los miedos que suelen acompañarlos: perder el control, desmayarse, tener un infarto, morir.
Luego está la velocidad. Según el NHS, la mayoría de los ataques de pánico duran entre 5 y 20 minutos, y Araújo explica que llegan a su punto máximo en pocos minutos. Desde dentro, esos minutos no parecen tener ningún límite. Parecen el principio de algo que no se va a acabar nunca.
La respiración hace una trampa aquí. Cuando respiras demasiado rápido, explica Araújo, la sensación de mareo y el hormigueo pueden empeorar. Las sensaciones más fuertes parecen confirmar el miedo, y entonces respiras todavía más rápido. La alarma se vuelve a disparar sola.
Sobre lo que viene después, las dos fuentes son claras. «Aunque los ataques de pánico asustan, no son peligrosos», escribe el NHS. Araújo es aún más directo: la persona no se va a morir, no va a perder el control y no se va a volver loca, que son los miedos más habituales durante una crisis. Mind añade que hay quien tiene un ataque de pánico una sola vez y nunca más, y que tener uno no significa necesariamente tener un problema de salud mental.
Cuándo conviene que te revisen igualmente
Una alarma que casi siempre suena por nada puede sonar alguna vez por un motivo real. El NHS recuerda que la mayoría de estos síntomas también pueden deberse a otras afecciones. Araújo explica que el pánico se diagnostica solo después de descartar otras causas, como el hipertiroidismo o enfermedades del corazón y de los pulmones.
Si es la primera vez, o si lo notas distinto de tu pánico de siempre, haz que te revisen. Llama enseguida al 112 si, como indica la página del NHS sobre el dolor torácico, tienes un dolor o una presión repentina en el pecho que no se va, un dolor que se extiende al brazo, al cuello, a la mandíbula, al estómago o a la espalda, o dolor en el pecho junto con sudor, náuseas, mareo o falta de aire.
Araújo cuenta que es frecuente que los pacientes lleguen a urgencias convencidos de estar sufriendo un infarto, antes de que nadie haya hablado de pánico. Que te digan que era pánico es un buen resultado, y nadie ha perdido el tiempo. Si los ataques se repiten, ve a tu médico de cabecera aunque las pruebas hayan salido bien. En esa consulta empieza el tratamiento.
Dejar que la alarma termine
Volvamos a la calle a las tres de la madrugada. Gritarle al coche no apaga la alarma, y salir corriendo tampoco. La alarma de un coche se para cuando termina su ciclo. Un ataque de pánico también tiene un ciclo.
Por eso los consejos del NHS y de Mind suenan casi demasiado sencillos. Quédate donde estás, si puedes. Recuérdate que es un ataque de pánico y que va a pasar. Mind lo resume en tres letras, ABC en inglés: aceptar que está ocurriendo, respirar despacio contando hasta cinco, conectar con los sentidos. Prueba un sabor fuerte, como un caramelo de menta. Sujeta algo suave. Mind también sugiere dar pisotones en el sitio, algo que a algunas personas les ayuda a controlar la respiración. Si quieres más ideas para ese momento, nuestro artículo sobre técnicas de anclaje que funcionan de verdad recoge varias.
Un truco antiguo pide cuidado. Respirar dentro de una bolsa de papel se recomienda menos que antes, dice Mind, porque puede ser peligroso si tienes algún problema pulmonar, y nunca hay que usar una bolsa de plástico. Hacer un cuenco con las manos sobre la nariz y la boca, o simplemente respirar despacio, también funciona.
Después, cuida del cuerpo que acaba de pasar por eso. Siéntate en un sitio tranquilo. Bebe un poco de agua, come algo. Si puedes, cuéntale a una persona lo que ha pasado, para que el próximo ataque, si llega, sea un poco menos solitario.
Cuando el miedo a la alarma se instala
Al día siguiente del súper cambias de camino para no pasar por delante. Una semana después empiezas a hacer la compra por internet. Así es como el pánico puede extenderse de una tarde a toda una vida. El NHS lo llama vivir «con miedo al miedo»: empiezas a evitar los sitios donde podría llegar un ataque, y el propio miedo puede traer más ataques. La ilustradora Gemma Correll, escribiendo en The Guardian sobre su propio trastorno de pánico, lo dijo así: «entrar en pánico por el pánico».
Según el NHS, se puede diagnosticar un trastorno de pánico cuando alguien tiene ataques repetidos e inesperados, seguidos de al menos un mes de preocupación continua por tener más. Tiene tratamiento. La terapia cognitivo-conductual (TCC) es uno de los tratamientos principales, y con el terapeuta miras cómo reaccionas durante un ataque y qué piensas en ese momento. Los medicamentos también pueden ayudar, cuando los decides junto con tu médico. La cafeína, el alcohol y el tabaco pueden empeorar los ataques. En España puedes empezar por tu centro de salud. Si tu cuerpo parece seguir en guardia incluso entre un ataque y otro, nuestro artículo sobre la mente que nunca cierra el turno puede resultarte familiar.
A veces lo primero que necesitas es decirlo en voz alta a alguien que no te está mirando. «Dejé la cesta en el suelo y salí corriendo» cuesta contárselo a un amigo que no estaba allí. NoOneToTalk ofrece escucha anónima entre iguales, las 24 horas del día. Es un sitio para hablar. No es terapia, y no sustituye al médico, y menos aún si hay dolor en el pecho.
Tres semanas después estás otra vez en la misma cola. Más o menos a la altura de las mandarinas notas que empieza, el aleteo en el pecho, los fluorescentes un poco demasiado fuertes. Esta vez reconoces el sonido. Sujetas bien la cesta, sueltas el aire despacio y cuentas las personas que tienes delante, luego las etiquetas de los precios, luego las respiraciones. No desaparece de golpe. Pagas igualmente, con la mano todavía temblando un poco sobre el datáfono.





